Novela Los ahorcados de Alberto Acosta Brito
   
     

Los ahorcados

Sinopsis:

Dos personajes antagónicos se reencuentran después de cincuenta años y se desata el esclarecimiento de un asesinato no resuelto. Valdescruz es un viejo doctor recóndito y de intereses innobles que va descubriendo, a través de una lectura desbordante, los pormenores de la azarosa existencia de un luchador revolucionario que había amanecido ahorcado medio siglo atrás. Esta muerte violenta se conecta inesperadamente a otro evento trágico, el asesinato de un antiguo juez.
Más que una historia policíaca es un recuento de las motivaciones individuales de los personajes entrelazados a los hechos. Amores frustrados, lo divino, la doble moral, el engaño y el odio se unen en un todo para sugerir con sutileza el motivo de los personajes, atados a un fuerte instinto de supervivencia que subyace en cada una de las escenas como hilo conductor. La eterna lucha del bien contra el mal no se presenta canonizada con el precepto de los puros, porque para el satánico lector, que va narrando su propia historia dentro de otra, el dilema es el de inculcarle al adversario su verdad, haciéndole ver que no existe una línea imaginaria que separe el bien del mal, que los buenos no son íntegramente buenos y los malos tampoco son totalmente malos; para él, el ser humano es un poco Dios y un poco Diablo. Quien lea esta novela podrá concebirse su propia lectura del libro, pues los personajes están pensados para desatar la polémica.

 

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Los ahorcados. Novela policíaca

Primera parte

El arcano mundo del hombre de la lengua azulada

1. El reencuentro

El hombre no despegaba el dedo del timbre, parecía una broma infantil. No desistía a pesar de que la mansión aparentaba estar deshabitada. La intermitencia de un resplandor filtrado a través de la mirilla le confirmaba que era observado del otro lado. “Un espectro”, murmuró la mujer que escudriñaba por la hendija, “Ese hombre debió estar muerto desde hace muchos años”. “Señora, sé que está ahí, déjeme pasar, necesito hablar con su esposo”. Durante días no recibió respuesta, pero sabía que la tendría. “No puede entrar, mi esposo está inconsciente”, escuchó una semana más tarde, a la misma hora de siempre. “Tiene que ser su bisnieto o un tataranieto… de ninguna manera puede ser él.”
Una tarde la cerradura fue liberada y los goznes de la puerta chirriaron. El portón no tardó en quedar desplegado. El hombre, sin dar espacio al protocolo, corrió hasta su objetivo. Repasó su estampa decumbente. “De lo que fuiste a lo que eres”, murmuró. La frase quedó suspendida en el aire. “Está en coma, señor, no entiendo su interés de verlo en ese estado”. “Déjeme examinarlo”, dijo. “¿Para qué?”. La mujer se negó. “Acuérdese de que soy médico.” Ella asintió. “Él tiene su médico”, respondió. “Al que todavía le falta mucho por aprender, yo le quintuplico la experiencia… ¿no cree?” La esposa se hizo a un lado. El viejo doctor examinó al enfermo. “Su esposo está mal, pero no va a morir tan rápido como supone.” “¿Usted cree?... En el hospital me dijeron que…” “Le pudieron decir cualquier cosa, señora, pero él no morirá ahora, por lo menos hasta que no hable conmigo; menciónele mi nombre a partir de este momento, no importa que parezca no oírle”, sugirió. La recomendación fue procurada en la puerta de la calle. “Verá como recobrará la lucidez”. “¡Qué su boca sea santa, señor!”. “Muchas gracias, señora, mañana vuelvo a la misma hora de siempre”. “Lo espero”.

 

La mujer había pasado casi de dos meses sentada frente a la cama. Cuando el timbre de la puerta comenzó a sonar con insistencia, ya llevaba tiempo cuidando al enfermo. En ese momento se sentía incapacitada de llorar, no le quedaban lágrimas. Sus ojos se mostraban secos y vidriados.
La servidumbre andaba espantada por los rincones pues el enfermo parecía consumirle el espíritu a la señora de la casa. Algunos valoraban escapar de la mansión, que se había tornado tétrica con aquel hombre, viejo y endiablado, aferrado durante horas al timbre de la puerta, pero no se atrevían. En la ciudad había más miseria que cincuenta o sesenta años atrás y los trabajos escaseaban como nunca antes. La mujer gobernaba la casa desde su silla de acompañante y la servidumbre siempre estaba atenta de quien paga.
Antes de que apareciera el viejo doctor, la esposa había alejado a los hijos de la casa conminándolos a no visitarlos. Antepuso el orgullo de un enfermo depauperado y lo inútil de mostrar el largo suplicio a los nietos. Derramó sus últimas lágrimas convenciéndolos.
Ahora cumplía, sin remordimiento y esperanzada, la recomendación recibida. Mencionaba el nombre del tenebroso sujeto, aunque siempre le había puesto los pelos de puntas. Lo repetía tantas veces como le venía a la mente y se persignaba tantas veces como lo mencionaba. Durante la madrugada creyó ver, en algún momento, tintinear los párpados del esposo. “No, debo estar delirando, es el cansancio… estoy exhausta.” De eso se convencía porque los ojos se le cerraban sin remedio. Cuando la visita apareció al día siguiente, aún estaba sobre la silla. ”Te busca Valdescruz”, dijo una vez más al oído del esposo.
Los glóbulos oculares del enfermo comenzaron a agitarse. La esposa se levantó y acercó su cara a la de él. “Valdescruz, sí, el mismo Valdescruz que tanto dolor de cabeza te dio”.
Despertó.
–¡Valdescruz! –exclamó el comatoso con los ojos cerrados, como si lo esperara desde hacía mucho tiempo.
–¡Increíble! –exclamó la mujer al ver la intranquilidad de sus pupilas. No se atrevió a buscar una explicación inmediata a la resurrección. El esposo había resucitado con su habitual arrogancia ordenándole salir del cuarto– Está bien, los voy a dejar solos.
–Este señor y yo tenemos mucho de qué hablar, más tarde te explico –dijo el solemne y ecuánime enfermo, aparentaba no haber acabado de salir de un estado de coma.
La mujer disfrazó su desesperanza con una sonrisa.
Los dos hombres hablaron durante días sin que el enfermo pudiera desprenderse del asombro. Valdescruz aparecía cuando el médico de cabecera se iba, y no se retiraba hasta la medianoche. La esposa era obligada a salir del cuarto. Atendía a las visitas, los quehaceres de la casa y, cuando encontraba tranquilidad, cavilaba sobre el extraño asunto. “Es un milagro que su esposo aún esté con vida”, era la frase que no abandonaba el médico de la familia durante las visitas tempraneras. Los días pasaban y el enfermo se resistía a la muerte.

 

–¿Guardas aún el cuaderno? –dijo comedido Valdescruz el primer día en la soledad del cuarto.
–Sí, está bajo mi almohada, nunca pude deshacerme de él –y lo sacó de allí con la ayuda del doctor–. Al principio de mi enfermedad traté de descifrarlo una vez más.
–Es buen síntoma… y una delicadeza de tu parte haberlo conservado.
–No es ningún buen síntoma ni una delicadeza ni ocho cuarto… siempre tuve la intuición de que estabas detrás del cuaderno, por eso no me deshice de él. Pensé usarlo para atraparte.
Valdescruz soltó una sonrisa endiablada.
–Te metiste, sin saberlo, en un mundo muy distinto al tuyo, corres el peligro de salir de tu propia dimensión… jamás podrías descifrar su contenido tú solo… ¿por qué no buscaste un especialista?
–No tuve tiempo; todo se precipitó con aquella fuga. El cuaderno perdió peso en la investigación, y fue tan así, que pude quedarme con él –el hombre carraspeó seguido, inhaló aire con gran esfuerzo–. Traté de darle sentido a los símbolos durante años… pero, ¡qué va!, no pude.
–Te voy a dar una buena noticia, digo, si todavía te interesa saber lo que se dice en el cuaderno…
–Sí.
–¿Aunque ya no puedas meterme preso?
–Sí, sí, sí… desde hace mucho tiempo solo siento curiosidad.
–Está bien… pero antes te advierto que puede ser muy peligroso para los dos meternos en el arcano mundo del hombre de la lengua azulada, yo acabo de venir de ahí…, es complicado salirse después, lo mejor es no entrar a ese cuaderno, saldremos, como te dije, de la dimensión donde estamos. ¿Te arriesgas?
–Sí.
–¡Bravo!, te felicito, eres un hombre valiente… se te ve muy animado y dispuesto, ni pareces haber salido de un coma tan profundo… Primero escucharás una versión muy personal de la historia vivida por nosotros, la escribí apoyándome, en buena medida, en otro cuaderno críptico caído en mis manos… y al contrario de ti, yo sí pude descifrarlo. Así, cuando descifremos tu cuaderno podrás entenderlo a plenitud. Conocerás la otra vida de Darío, la que subyace inexplorada, el verdadero motivo de tu fracaso, la vida de un hombre es un Iceberg… ¡Ah!, mis escritos son novelados, son la recopilación de sucesos y distintos personajes hilvanados con un mismo hilo conductivo, es una especie de novela… sí, definitivamente es una novela y debería buscarle un título: El arcano mundo del hombre de la lengua azulada, como ustedes lo llamaron¡No!, el título debo buscárselo yo que soy el autor: El ahorcado… o mejor dicho: Los ahorcados. Tu cuaderno es una pequeña parte de la criptografía de Darío y está escrita en un estilo muy confuso, más bien se mueve en dos estilos, entre El antiguo Testamento y El Príncipe, de Maquiavelo, es una especie de Biblia. Con mi libro te meterás en el desquiciante mundo humano que rodeaba a Darío, además, será revelada mi verdadera participación en aquel rollo. Te diré muchas cosas, todas interesantes.
–¿Cómo cuáles?… adelántame algo.
–Escucha esto, cuando me encerraste en el calabozo aún no estaba decidido a escribir, en ese momento la clave para mi libro era el cuaderno, ¡vaya equivocación la mía! Haber estado preso aquellas horas me hizo prescindir de él –el viejo doctor señaló hacia el cuaderno–. La cárcel me motivó definitivamente a contar toda la historia, además, me dio la posibilidad de descubrir tus peculiaridades, de esa forma pude calcularte mejor, verdaderamente estaba algo perdido contigo. Después, al comenzar la redacción, comprendí que detrás de la puerta de mi casa jamás te hubiera conocido tanto… fue muy bueno haberme relacionado contigo… y fíjate si fue así que hasta hoy no te he perdido la pista. Me convertí, aunque no lo supieras, en tu principal fan. Eres mi ídolo.

 

2. El sótano

Justo donde debió estar el foco del alumbrado, un alambre de perchero mantenía aprisionado de manera poco convencional el cadáver de un hombre que daba la impresión de ser un gigante. El cráneo estaba muy cerca del techo, las piernas permanecían arqueadas hacia atrás como ancladas al suelo marino, en tanto, los brazos formaban un ángulo menor de cuarenta y cinco grados.
Las ratas comenzaban a rondar el cadáver, y si no hubiera sido por el vendedor ilegal que se incrustó en la única ventana del sótano por un resbalón, mientras huía de la policía, se habría descompuesto. “¡Cojones, un muerto, un ahorcado en el sótano!”, gritó espantado. Fue lo único que se pudo escuchar y nadie jamás mencionó el nombre de aquel vendedor.
El cuarto se hallaba en un completo caos, aunque a decir de todos nunca estuvo ordenado. Allí todo era improvisado, hasta el camastro que había sido recogido en una esquina, a un costado del contenedor de la basura. Una colchoneta de yute, rellenada de hierba seca y cosida con alambre telefónico, pendía a punto de precipitarse al suelo como si alguien hubiera sido arrastrado sobre ella. Los muebles esparcidos en todas direcciones inferían una pelea; solo una secular mesita de caoba permanecía en pie. Sobre ella yacían un carné de identidad, un mechero rústico y una caneca de Havana Club con algo de ron peleón, bebida de mala calidad vendida a granel en los mercados y bares baratos. La gaveta parecía haber sido saqueada. El ambiente expedía un hedor húmedo e irresistible, una mezcla de olor a moho con todas las suciedades posibles. Las motas de musgo llegaban a la altura de la ventana alta, e indicaban el nivel del terreno, a partir de allí comenzaba a mostrarse la crudeza del concreto conque se habían fundido el sótano y los cimientos de la construcción.
A continuación del soterrado, ubicado en la parte trasera del edificio de dos plantas, se descubría un patio de tierra de más de ciento cincuenta metros cuadrados, donde se empinaban algunos árboles inútiles, que solo proporcionaban sombra. El muro perimetral que dividía los patios colindantes, mostraba un gran boquete en uno de sus costados, donde finalizaba un sendero que prácticamente bordeaba la edificación y atravesaba la parte delantera del patio.
Cuando Orestes Chani bajó, el cadáver comenzaba a inflarse.

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