Novela Tostado Tostado de Alberto Acosta Brito1
   
     

Tostado Tostado

Sinopsis:

Una herencia lleva al clímax el viejo conflicto entre Lino y su hija Inés. Las pasiones se destapan: codicia, desamor, intereses malsanos, deshonestidad, manipulaciones. Un oculto pasado amenaza a todos. La muerte sale de las tinieblas dejando una estela de desgracias. Alguien que ha escondido el pasado lucha por sus hijos. Una terrible carnicería se desencadena tras la herencia y el amor negado. La bella Celia y su jefe luchan por encontrar al asesino. Un inesperado final les espera en el policíaco “TostadoTostado”.

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Tostado Tostado, Novela policíaca

Capítulo 1


El hallazgo
Domingo, 17 de abril de 2001


Marta se disponía a tocar el timbre de la casa de Playa, cuando notó que la reja no tenía candado; la empujó para caminar los seis metros de pasillo que daban a la puerta lateral, abierta también. Desde lo sucedido el día anterior había quedado muy preocupada. Pasó toda la noche tratando de comunicarse por teléfono con su hija Inés, pero solo pudo escuchar las frías palabras del contestador automático una y otra vez, hasta que desistió.
“Mañana no se me escapa”, le aseguró muy molesta a su esposo.
–¡Coño, está hija mía no escarmienta! ¿Cómo va a dejar la casa abierta? Menos mal que los niños se quedaron anoche conmigo.
Dentro de un auto estacionado frente a la casa de Inés retozaban los nietos de Marta y Sergio. Él los entretendría mientras su esposa estuviera regañando a la hija. Así lo dejaron acordado desde la noche anterior.
Marta buscó y buscó por toda la casa y no encontró a nadie.
“¡Qué extraño!” –pensó, e intuyó algo perverso. Los sentidos se le encresparon y los latidos del corazón aumentaron a más de cien pulsaciones por minutos. La adrenalina fluía por todo el cuerpo, hasta se podía oler. Los ojos escudriñaron cada rincón de la casa. Los oídos eran más que oídos, eran verdaderos radares de alta tecnología que trataban de percibir hasta la más mínima señal de alarma, inclusive superior al más moderno de los sensores de uso militar. Sin embargo, fueron sus fosas nasales las que dieron la señal. Aquellos oleros sucios que le entraron al llegar al cuarto del fondo, no se justificaban ante ella. El día anterior, antes del ocaso, había limpiado y recogido minuciosamente todo el lugar al regresar del hospital con su hija golpeada.
Se detuvo por un instante en el lateral de la cama donde había dormido la visita, justo en el lugar donde los olores se le hacían más inmundos. Desde ese punto no veía nada que llamara la atención.
“Aquí solo hay peste” ––murmuró, encaminándose a la habitación colindante.
Un crujido y una sensación pegajosa bajo sus zapatos la hicieron percatarse que estaban dejando una estela de huellas ensangrentadas. Un grito de espanto llegó al auto de Sergio, que mantuvo la ecuanimidad hasta que pudo dejar los niños al cuidado de una vecina.
Entró a la casa pensando que tendría que intervenir en una trifulca entre madre e hija. Pero quedó perplejo al ver el riachuelo de sangre que corría desde la cama hasta su esposa, que titiritaba de horror con los ojos tan botados que amenazaban con caer al suelo. Titubeó antes de decidirse a mirar debajo de la cama. La imagen captada por sus ojos fue dantesca; tan cruel, que se le paralizaron los músculos. Por un momento, su cerebro fue incapaz de asimilar lo que veía… semejante occisión no cabía en él. Una rata venida del pasillo del fondo mordió algo dentro del cráneo expuesto, para salir con rapidez por donde había entrado. Marta no atinaba a nada, solo se mantuvo arrodillada.

Casa de Erminia
Domingo


Erminia estaba aterrada desde que Ernesto le había dado la noticia del asesinato de Inés. Estaba alterada y lloraba sin consuelo. Sus hijas trataban de reanimarla. Ernesto, aunque no lloraba, se veía muy nervioso y asustado. Lino y María tenían rumbos desconocidos: él había salido temprano en la mañana; ella, desde el mediodía, cuando decidió ir tras él.
Ernesto preguntaba sin parar. Erminia abrazaba a las niñas:
–Ermi, ¿tú crees que tu padrastro fue quien le pasó la cuenta a Inés? –preguntó.
–Cállate, cállate, y no digas estupideces –respondió ella.
–Es que estoy tratando de atar cabos: si Lino salió primero y tu madre después, es  porque ella sospechaba algo, o sabía todo desde el principio… a lo mejor es su cómplice –reflexionó muy asustado Ernesto–. Ay, mi madre, ay, mi madre, qué clase de candela, que no la vayan a coger con el negro –murmuraba.
–¡Te voy a botar de la casa si sigues con esas insinuaciones! –gritó su esposa.
Para Ernesto era más saludable no abrir la boca, pero quién puede controlar el miedo cuando ya ha hecho metástasis. Buscó y buscó dentro de sí una forma de espantarlo, hasta que salió por una botella de ron.

 

En el momento que aparecieron Lino y María, Ernesto dormía en el sofá de la sala junto a una botella de Havana Club vacía. Era tarde en la noche. En cuanto entraron Erminia se refugió en el pecho de su madre para llorar sin consuelo.
–¿Qué sucedió? –indagó aquella apartándola.
–¡Mataron a Inés, mamita, la mataron! –respondió Erminia aferrándose de nuevo a su pecho–. Dime que no fuiste tú, júramelo, júramelo.
Los recién llegados no salían del asombro y hasta llegaron a dudar de la noticia. Todos en aquella sala, menos los niños, tuvieron en algún momento deseos de matar a Inés. María clavó la mirada en su esposo, lo miró de arriba abajo y de abajo a arriba. Él se puso más pálido de lo que ya estaba. Aún no creía nada de aquella historia, era peligrosamente buena para él, y para su mujer.
–¿Quién trajo la noticia?
–Ernesto –respondió Erminia a su mamá–, pero ni le despiertes, que está borracho.
–¿Y tú le creíste a ese fullero?
–Yo llamé a una vecina y me confirmó la noticia. Dijo que el barrio estaba lleno de policías.
María entonces se volteó con ira sobre su esposo.
–Lino, ¿cómo fuiste capaz de ocultarme lo que hiciste en la casa de tu hija? Lino no podía hablar, la noticia lo había consternado, estaba pasmado y solo atinaba a decir palabras entrecortadas.
María se sentía traicionada, y no soportaba la chochera del esposo que no se hacía entender.
–¡Coño, Lino! Habla claro que esto es muy serio.
 –Yo nada más fui a coger el completo del santo, un dinero que se quedó debajo del colchón, gracias a Dios que a ella no le dio por revisar allí.
María se puso las manos en la cabeza y pidió protección a los santos.
–¿Ahora cómo salimos de aquí? Si nos coge la policía, con el rollo que se ha armado con la herencia, no hay quien te crea ese cuento de niño bueno. Mejor nos vamos aunque sea en una lancha.
Lino se aterrorizó al escuchar la palabra lancha. Ni en los momentos más desesperantes de su vida, cuando tenía todos los bríos de la juventud y su madre recién emigraba del país él tuvo el valor de subirse a una lancha. Tampoco cuando la barahúnda del Mariel, ni en la fiebre de los balseros.
–Mira, mejor se lo decimos a la policía para que se aclaren las cosas, además, nosotros somos americanos, y no nos pueden hacer nada.
La mirada de María fue desafiante. Lino embutió la cabeza. Por un momento miró al esposo con lástima, y luego soltó una carcajada que lo hizo empequeñecer.
–¿Tú eres comemierda o montas guanajo a pelo? Un enredo con la policía no es bueno ni para tu hija, que en paz descanse –entonces se persignó–. No seas mentecato, para el gobierno tú eres un mal cubano que abandonó la patria… ah, y cuando salga a relucir el asunto de la herencia vas tener que repartirla, y no precisamente con tu hija.
La palabra repartir no se encontraba en el diccionario de Lino, y decir Gobierno, indicaba peligro. Y la herencia debía estar bien lejos de esas dos posibilidades. Pensó que eliminado el estorbo, no debía poner nuevamente en peligro la herencia. Vio lógicas las palabras de su mujer, su estancia en la isla se podía prolongar. Por eso dio carta blanca a María que tomó el teléfono e hizo varias llamadas. En las primeras horas de la madrugada salieron sin equipajes del apartamento. 
Temprano en la mañana, Erminia vestía a sus hijas. Ernesto se levantó con una resaca evidente. Trató de ubicarse y ubicar a sus suegros.
–Ermi, ¿Y la suegrita y el suegrito, donde están que no los veo desde ayer?
–¿Cómo los vas a ver con la cochina borrachera que cogiste anoche? Yo sí los vi y hablé muchísimo con ellos.
Ernesto quedó insatisfecho con la respuesta.
–¿Fueron al velorio de Inés?
–¡Ay, Ernesto!, ¡Qué velorio, ni qué velorio! Se fueron echando pal´ yuma.
Como un bólido se repuso, parándose al lado de su mujer, sacudiéndola fuertemente.
–¿Cómo que se fueron? –preguntó estupefacto y recuperado de la resaca. Entonces la sacudió aún más fuerte– ¿Cómo Lino se va a ir con su hija, su única hija, asesinada, sin tratar de averiguar lo que pasó? o ¿Acaso fueron ellos?
Su mujer luchó hasta zafarse de las manos que la aprisionaban y gritó:
–A mí que me importa quién fue… yo sé que yo no fui… y si fue alguno de ellos van a tener que ir a buscarlos bien lejos.
Al oír aquella Ernesto comenzó a temblar y pensar en voz alta:
–¡Esto es una encerrona!, si Lino no está, entonces ¿Quién cargará con el muerto? –y comenzó a cantar un rap que estaba de moda:

¿Quién tiró la tiza?
El negro ese.
¿Quién tiró la tiza?
No fue el hijo del doctor.
¿Quién mató a Inés?
El negro Ernesto.
¿Quién tiró la tiza?
Él que mató a Inés.
¿Quién tiró la tiza?
Fue el cabrón de Ernesto.

Erminia lo mandó a callar:
–¿Qué encerrona te van hacer a ti? Tú sabes que yo no permitiría tal cosa –calló por fracciones de segundo, y antes de que Ernesto fuera a replicarle continuó–. A no ser que seas tú el que tenga que ver con el asunto, porque también te perdiste de aquí, y trajiste la noticia.
Ernesto no respondió, permaneció callado hasta que ella se fue de su lado y sigilosamente se fue del apartamento.
En la calle, asustado y desorientado, caviló sobre los pasos a seguir, tenía la cabeza llena de preocupaciones, pensaba "si la policía descubre que estuve allí, la voy a pasar muy mal, no me van a creer nada de lo que les diga, y de que se enteran, se enteran, a esa gente no se le va una. ¡Coño, pero si yo no hice nada! Solo fui a buscar mi paquetico. ¡Ay, la van a coger con el negro! Ese cabrón de Lino resolvió su problema y puso pies en polvorosa, y dejó tremenda candela aquí. Yo creo que la mejor solución hasta que esto se aclare es que yo desaparezca por un tiempo hasta que la policía atrape al asesino. Pero si Lino es el asesino...". No pudo terminar de pensar callado y exclamó:
–¡Coño, yo tenía que haberme montado en la lancha con Lino!

Llegada de Lino y María a Cuba
Viernes


–Fue un error estúpido –rezongaba Lino sentado en el asiento del avión.
–¡Cállate y no refunfuñes más! –recalcó su mujer.
–Yo lo tenía todo previsto, pero nunca conté conque esa hija de puta fuera a darme la mala ¿Cómo no pensé en esa posibilidad? ¿Cómo lo hizo? –Lino calló, aunque la ira y la impotencia lo consumían por dentro.           
El avión estaba por aterrizar en el Aeropuerto Internacional José Martí.
Lino era un hombre que rondaba los sesenta años, su mujer era quizás un lustro menor. Entre sus murmuraciones y las constantes peleas de la pareja el viaje se tornó molesto para los pasajeros cercanos.
Era viernes, hacía cinco días que salieron de Miami con destino a España. Un imprevisto en la península los hizo rebotar a su patria natal. Desde hacía dos años residían en los Estados Unidos.
Después de cumplir los requisitos aduanales, fueron a la cafetería.
–Por favor, déme una cajetilla de cigarros H.Hupmam. –pidió Lino.
–No, no tenemos –respondió el dependiente.
–Bueno, entonces déme un Montecristo.
–Tampoco tenemos.
–¡Coño!, ¿Qué tienen ustedes ahí que se pueda fumar?, llevo dos años fumando hierba, quiero fumar tabaco cubano.
–Bueno, señor, tenemos cigarros Populares, con o sin filtros, Monterrey, Vegas de la...
–Está bien, déme cualquiera cosa, pero que no tenga filtro y que sea hecho con tabaco de aquí.
La pareja se detuvo a la salida de la terminal área, donde inhalaron bocanadas de humo de la misma forma que un sediento aplaca su sed, luego tomaron un taxi.
Durante el viaje se mantuvieron callados, fumando incesantemente hasta el punto que parecía que el taxi se incendiaba. Al Crucero de Playa, había indicado Lino al taxista que se mantenía atento a una nueva orden.
–Lino, ¿A dónde vamos? –dijo María.
–¡A mi casa! ¿A dónde crees? –respondió Lino.
–¿A tu casa?... Será a la casa de tu hija, tu casa está en Miami… tú sabes que aquí perdimos el derecho a todo y no tenemos nada –aseveró María–, y dudo mucho que tu hijita nos deje entrar a su casa, y menos quedarnos.
–No seas pájaro de mal agüero… yo hablé con ella por teléfono antes de salir de España, claro, no le mencioné el lugar, ella pensó que llamaba desde los Estados Unidos, y yo la dejé pensando que era así, me debe estar esperando. Ten presente que me debe la casa, de no ser por mí, todavía estuviera viviendo agregada con su madre –respondió Lino mientras daba la dirección al taxista. María, con una sonrisa irónica en su cara, se dedicó a observar los cambios de la ciudad desde su ventanilla.
Cien metros antes de llegar, él indicó:
–Es aquí, ¿cuánto le debo?
María abrió los ojos a más no poder.
–¡Coño, Lino, falta más de una cuadra!
Entonces él imitó a su mujer poniendo una sonrisa irónica.
–Yo sé perfectamente dónde es, pero nos quedamos aquí, necesito leerte la cartilla de cómo tratar a mi hija en las circunstancias en que estamos. Y no me vayas a protestar por el peso de las maletas, porque todas tienen rueditas, así que baja del carro, cierra la boca y arrastra las maletas.
El chofer, que había sido interrumpido, respondió:
–Once dólares, señor.
Lino puso quince dólares en las manos y con un ademán le hizo saber que se quedara con el vuelto. El taxista dio las gracias y se marchó.
Por el camino Lino fue explicando a su mujer la forma en que debía manejar la situación. Al llegar al lugar donde viviera prácticamente toda su vida, un sentimiento de onda tristeza lo abatió. Se mantuvo paralizado delante de los escalones que lo transportarían al pasado, eran apenas ocho que lo situarían en el portal, a unos pasos de la puerta, pero los sentimientos lo confundían, si no hubiera conocido de la dichosa herencia no hubiera subido.
Él temía de una posible revancha de su hija, estaba consciente de que la casa no se la debía a él, por eso se mantuvo inmóvil, sin atreverse a subir al portal. Por culpa de su padre estaba pasando ese mal rato, lo maldijo varias veces. Su hija no debía estar viviendo allí, como había sido su intención. Lo tenía planificado todo para que la hija de su mujer se quedara viviendo en aquella casa. Pero la obstinación del viejo gallego apegado a un sentimiento familiar que jamás practicó, ni sintió, hizo que testara a favor de la única nieta con quien nunca tuvo un gesto de amor. Temía, además, que su hija le reprochara sus dos años de olvido en los Estados Unidos. Nunca mandó ni una postal, ni siquiera se acordó de que tenía nietos, en cambio, la hija de la mujer recibió grandes sumas de dinero en innumerables ocasiones. María se las ingeniaba para que su esposo no olvidara enviar dinero para el Santo de su hija, sin dejar de cavar la zanja que separaba a padre e hija.
No existía explicación para que su hija conociera de la existencia de la herencia. Los dos herederos guardaron celosamente el secreto de su existencia, incluso, él conoció del asunto por pura casualidad. Pero tenía otros temores con su hija, temía que aprovechara su desventajosa situación para sacarle dinero.
Llegado el momento el interés venció sus temores; subió las escaleras y tocó el timbre de la puerta en repetidas ocasiones. Su mujer parecía un guardaespaldas, seguía cada uno de sus pasos. Lino estuvo a punto de darse la vuelta por la demora en contestar al llamado, pero María lo retuvo hasta que la puerta fue abierta. Apareció frente a ellos una mujer de unos veinticinco años, de pelo negro, labios grandes y carnosos, que mostraba unos ojos con pupilas de azabache. Los músculos de la cara estiraban con fatiga sus gruesos labios, creando una linda sonrisa, tras ella se veían dos hileras de dientes perfectamente alineados.
–¡Eh, papi, por fin llegaste, qué alegría! –y agregó–. Ya ni te esperaba, pensé que habías desistido de venir.
–No, hija mía, ¿cómo iba a hacer eso?, yo ardía en deseos de verte y de ver a mis nietos, tú sabes que ustedes son lo único que existe de mi sangre en esta tierra y de corazón te digo que los extrañé mucho.
María bajó la cabeza para ocultar la risa y cuando pudo controlarse le impuso un besote a Inés, la hija de su marido. Además, agregó emoción con unos toques de lágrimas. Realmente una excelente representación, digna de un premio Oscar. De buena gana la habrían golpeado. La actuación subió de tono al incorporarse los nietos de Lino que no habían ido a la escuela esperando a su abuelo. María los ensalzó y agasajó hasta la saciedad. Lino, molesto por la sobreactuación la pellizcó hasta cortarle la piel. María dejó de hablar, con el rostro convertido en un mar de dolor.
Dentro de la casa, y concluida la ceremonia de recibimiento, Inés los acomodó en el cuarto del fondo. La casa estaba ubicada en un barrio tranquilo del municipio Playa.
Lino se sintió complacido, al parecer todo estaba saliendo a pedir de boca. El ambiente, aunque tranquilo, se mantenía en una frágil armonía que debían saber conservar, pese al recelo con Inés, que según sospechaban pretendía sacarle hasta el último centavo traído. En cambio, Inés mantenía una cordialidad que no revelaba sus verdaderas aristas. No permitiría a la pareja instalarse a su antojo y era su intención demostrarle a María que sus tiempos de "doña" de esa casa habían pasado, tampoco tenía intenciones de perderles ni pies ni pisadas.
Esa primera noche en Cuba, Lino casi no pudo dormir, por mucho que intentó sedarse fue en vano, el remordimiento por haber llegado a Cuba de la forma en que nunca quiso, con un crédito que tendría que pagar con mucho trabajo y sacrificio al regreso a los Estados Unidos, el sueño de llegar con mucho dinero para restregárselo a cuantos lo conocieron se había esfumado.
El descanso le era necesario, sabía que el próximo día sería fatigoso, no supo cuando pudo conciliar el sueño por un rato, pero fue despertado bien temprano por su nieta mucho antes de la hora de prepararse para ir a la escuela. El nieto aún dormía. Inés después de vestir a su hija preparó el desayuno no sin antes llevarles café a la cama. Cuando la taza quedó vacía, Lino fue en busca de su pitillera olvidada en la sala.
–¡Coño!, se esfumaron los cigarros –rezongó.
–Papi, disculpa, me los fumé todos anoche, estaba muy emocionada con tu llegada, no pude dormir casi en toda la noche, además, la preocupación por Alejandro, mi esposo, que no vino anoche a dormir a la casa… se quedó en el trabajo y eso me alteró más –después de justificarse continuó–, si quieres me das dinero y mientras desayunas voy al Rapidito y te compro una caja.
Lino sacó diez dólares del bolsillo:
–Toma este dinero y trae tres cajas de cigarro fuerte.
Contenta con el dinero en la mano salió Inés de la casa a cumplir el encargo. Lino fue a despertar a su esposa enseguida, pero no hizo falta, al llegar al cuarto estaba de pie y vestida. Había escuchado toda la conversación, al ver a Lino se encogió de hombros, suspiró y le dijo:
–Con lo dormilona que siempre ha sido la hija de puta de tu hija, resulta que ahora padece de insomnio, y al parecer no nos va a perder ni pies ni pisada –entonces aconsejó a su marido–, mejor nos vamos antes de que aparezca de nuevo por esa puerta… deja el desayuno en la mesa que no tenemos tiempo para desayunar.
Lino obedeció y en un santiamén se arregló y desaparecieron de la casa dejando la puerta abierta y a los nietos solos.
Visitaron a varios amigos para ver si descubrían lo que había hecho Inés para escamotearles la herencia. Al parecer todos se mantenían al margen de la situación, de lo contrario hubiera sido tema obligado de conversación.
Cuando Inés regresó a la casa se disgustó al ver la puerta abierta y sus hijos solos. Por un momento pensó ir tras la pareja, pero finalmente desistió, decidió localizarlos por teléfono, tenía la certeza de que los encontraría en la casa del Padrino de Lino, esa era una visita obligada, pero primero se entretuvo en requisar los bultos de la pareja, tomó de ellos todo lo que le gustó, y lo que no, lo inventarió.
La pareja deambuló como perdida por la ciudad; ella pensaba en el momento de ver a su hija y él estaba indeciso de ir a la casa del Padrino, consideraba que era prematura una visita en el segundo día de estancia en Cuba, pero la deuda que tenía con sus santos no lo dejaba tranquilo. Dos años atrás su médico de familia le había diagnosticado una enfermedad de tratamiento quirúrgico. Cuando tuvo el turno para la operación y la fecha de ingreso confirmada fue a consultarse con su Padrino, que le advirtió que los santos y sus muertos le presagiaron desgracia si iba al quirófano antes de recibir la mano a Orula, pero por no poseer el dinero que se pide para estos rituales religiosos no pudo realizarse la ceremonia indicada, tampoco se operó y aunque el mal no era de muerte en aquel momento, podía poner en riesgo su vida en el futuro. 

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