Novela Tostado Tostado de Alberto Acosta Brito
   
     

Tostado Tostado

Sinopsis:

Una herencia lleva al clímax el viejo conflicto entre Lino y su hija Inés. Las pasiones se destapan: codicia, desamor, intereses malsanos, deshonestidad, manipulaciones. Un oculto pasado amenaza a todos. La muerte sale de las tinieblas dejando una estela de desgracias. Alguien que ha escondido el pasado lucha por sus hijos. Una terrible carnicería se desencadena tras la herencia y el amor negado. La bella Celia y su jefe luchan por encontrar al asesino. Un inesperado final les espera en el policíaco “TostadoTostado”.
 

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Tostado Tostado, Novela policíaca

Capítulo 2


Encuentro de Lino y María con Padrino
Sábado (2do día en Cuba)


La pareja disimulaba el disgusto en la casa del Padrino; llevaban mucho tiempo esperando que terminara de atender a otro de sus ahijados. No habían sido recibidos por él, en su lugar fueron atendidos por el asistente del Babalao. Lino susurrando al oído de su esposa, sobre la cautela que debían tener, eran dos fanáticos religiosos, pero no eran imbéciles, conocían de la codicia de Padrino, que de enterarse de la herencia haría hasta lo imposible por meter las manos en ella. Utilizaría todo su arsenal religioso en función de subir cuantas tarifas existieran en asunto de santería.
Dos horas después la pareja estuvo frente a Padrino. Lino lo había saludado con el ritual de costumbre, mientras ella besó las manos con desesperación hasta que se oyó la voz de trueno de Padrino:
–Yo pensé que habían olvidado a sus santos –hizo una breve pausa y continuó–. A los santos y a los muertos hay que atenderlos, hay que darles de comer.
–No, no, Padrino, usted sabe que allá el mambo es duro –replicó Lino– ¡Padrino! ¿Cómo usted cree que yo voy abandonar lo que me protege?
Padrino, que era un hombre de tacto, sabía que el recibimiento no aguantaba más regaño, entonces cambió el tono diciendo:
–Está bien, díganme, ¿cómo están de salud? ¿Cómo va el negocio? Espero, que a parte de darle de comer a los santos, también vengas por el asunto que dejaste pendiente por aquí.
Padrino miraba atentamente el rostro de Lino, tratando de percibir algo, intentaba leer sus pensamientos, no esperó mucho tiempo para volver por su verbo:
–Yo nunca me olvido de ti, no puedo, tus muertos no me dejan, es que tu problemita de salud está ahí, y mis santos constantemente me lo están diciendo –terminó advirtiendo a Lino, que ya estaba asustado.
Padrino movió el rostro para mirar detenidamente a María. Ya había dejado a Lino en ascuas, era el turno de ella:
–Tu hija se perdió de aquí, parece que desistió de hacerse santo, o se cambsió de Padrino, pero que tenga en cuenta que sus problemas se le van a multiplicar y solo yo conozco bien de ellos, los santos no se permutan.
Lino entró en cólera y gritó a su mujer:
–¿Qué coño hizo tu hija con todo el dinero que le mandamos?
–Yo no sé, papi, me estoy enterando ahora al igual que tú –contestó titubeando y consternada María.
Padrino que era un buen observador había notado tensión en la pareja desde su llegada, y sabía que no habían sido sus últimas palabras el motivo de la desesperación de Lino, más bien eran el detonante, pero la causa fundamental tendría que buscarla:
–Lino, entra al cuarto de las prendas que voy a consultarte, veo que hay problemas, y después entras tú, María, hace rato que no se consultan. Les voy hacer una limpiecita.
Lino entró como ara poder mantener oculto ante Padrino el asunto de carnero que asiste a su sacrificio y se sentó en un incómodo banquito frente a una mesa donde había cartas, caracoles, unos huesitos de algún animal y otros objetos. Lino rezaba por la herencia. El cuartito tenía aspecto tenebroso, estaba lleno de cazuelas, distintos tipos de porrones de barro y cerámica, herraduras de caballos, huesos, incluyendo un cráneo humano del que no podía afirmar su autenticidad, parecía muy real. Completaban la desordenada decoración del cuarto de las prendas, estatuas religiosas, tallas de maderas, velas encendidas y apagadas, vasijas con dulces y comidas, y un terrible hedor a tabaco. El calor era insoportable, la ventilación del cuarto era casi nula, todo estaba perfectamente diseñado para crear un estado subjetivo en los individuos: el vapor y el hedor funcionaban como depresores sensoriales y alucinógenos, la voz imponente del astuto Babalao funcionaba como hilo conductor que te remontaba al más allá, y sus sabias y estudiadas preguntas, daban el toque final.
La consulta se le hizo fastidiosa, Padrino en todo momento hurgó en los confines de la mente de Lino, usó sus mañas, invocó a sus santos y estos hacían hablar a los muertos, pero el asustado hombre logró mantener su secreto. Los muertos veían sangre y anunciaban desgracias, pero el toque final lo dio con las siguientes palabras:
–Mis muertos ven mucho dinero que viene a ti, mi hijo, pero cuidado, mucho cuidado porque después se aleja de ti y cuando regresa, es tanto dinero que te aplasta. Tú necesitas un buen trabajo que aleje de ti esos malos espíritus y puedas alcanzar lo que es tuyo.
Lino pensaba en qué tan caro le saldría ese trabajito, recibir la mano a Orula, y con voz temblorosa preguntó:
–Padrino, ¿Cuánto dinero necesito para recibir la mano de Orula?
Padrino estiró su cuello, miró detenidamente a Lino y con asombro le dijo:
–¿Mano de Orula? ¡Qué va! Tú tienes muchos problemas para eso, ya lo que tú necesitas es hacerte Santo, y lo más rápido posible, no puedes estar dejando las cosas para cuando vuelvas, mira como se te ha complicado la vida por dejar ese asunto pendiente.
–¡Ay, mi madre! –exclamó Lino sin poder evitarlo preguntándole con posterioridad– ¿Y el Santo en cuánto me saldría?
–Bueno, mi hijo, tú sabes que eso es caro, y más para los que vienen de donde tú viniste, eso te vendría saliendo más o menos en unos cinco mil verdes.
Lino no lo podía creer, era una cifra demasiada alta para él, sin contar con lo que le saliera a su esposa, y menos conviviendo con su hija. Se sentía como víctima de un atraco, pero su fanatismo lo hacía actuar tontamente. Sentía miedo porque presentía las desgracias que le había vaticinado su Padrino, tenía sentimientos de culpa por haber ocultado cosas a sus santos. Haber engañado a su Padrino lo hacía sentirse inseguro, era como haberse sentenciado, por eso no replicó, ni hizo el menor comentario sobre el dinero pedido por el Babalao.
Cabizbajo salió del cuarto y así se mantuvo frente a su esposa que nerviosa esperaba afuera, no se atrevió a dirigirle la palabra. Ella intentó acercársele, pero el Padrino dejó trunco el intento al ordenarle entrar al local. Padrino estaba muy satisfecho por el primer resultado, ahora debía de mantenerlo con ella.
–Ven, mi hija, pasa, que te hace mucha falta –con estas palabras María se alejó de al lado de su esposo.
El tiempo se dilató dentro del cuarto de las prendas, dándole a Lino la posibilidad de exprimir su sesera en busca de soluciones inmediatas. Cuando María salió, Lino tenía su mente en blanco a tal punto que no la sintió ni la vio cuando se sentó a su lado. Padrino se había quedado tras las cortinas observando la quietud de aquellos seres que parecían estar muy distantes el uno del otro, perdidos cada uno por su propio camino. Se fueron sin una sola palabra, sin un gesto de despedida, como zombis se internaron en las calles. El Babalao solo se dedicó a contemplarlos en su limbo, sin hacer ningún reclamo. Sabía que volverían.
Pasado un largo rato desde la salida de la casa de Padrino la pareja permanecía  sentada en el céntrico parque de una intersección vial. Lino había recobrado sus pensamientos, tenía su cabeza tan llena de ellos que le hacían sentir un peso enorme. María se dedicaba a observarlo, pero no se atrevía a intercambiar palabra alguna, y menos sobre los asuntos tratados individualmente con Padrino; no estaban en condiciones de escucharse mutuamente. Lino sabía que tenía que irse de la casa de su hija o de lo contrario no podría ir más por la casa de Padrino, tenía que decidirse entre los asuntos de la fe o lidiar con las intenciones de ella, estaba decidido a discutir ese mismo día el asunto de la herencia.
–Ve para la casa de tu hija y aclara el asunto del dinero que le mandamos, que te diga dónde metió el dinero de su Santo, yo voy para la casa de la mía, tengo que hablar hoy mismo con ella, allí no nos podemos quedar más, y, por favor, no me hagas preguntas ahora.
María no le agradaba la idea de dormir en una barbacoa, pero no estaba en condiciones de reclamar.

Padrino


Ya habían pasado los días más difíciles del Período Especial, el país salía victorioso poco a poco de la profunda crisis en que se había visto envuelto por coyuntura internacional; ningún aspecto de la sociedad, había escapado del rigor de la crisis: la perdida de valores sociales, tan rica y elevada en una sociedad justa, también había sido afectada, por eso, elementos inescrupulosos habían salido a flote de los sótanos de la sociedad.
Juan José, que primeramente se hacía llamar JJ, era un mulato alto, de fuerte constitución física, poseía una voz de trueno, sabía ser conversador cuando le convenía y solía ser bueno escuchando. Lo habían criado en un solar de los que pululan por el centro de la ciudad, en un ambiente folklórico donde la rumba, el guaguancó y los toques de santo no faltaban.
Por mucho que sus padres trataron de inculcarle la fe religiosa durante la infancia, nunca la había aceptado, aunque siendo pequeño había sido llevado al altar y hecho santo en una ceremonia de la que hubo de hablarse por mucho tiempo.
JJ gustaba de la vida disipada, necesitaba del dinero fácil y los asuntos de la fe tenía un gran abanico de posibilidades para desarrollar lo mejor que sabía hacer: timar, poseía las cualidades innatas de un buen timador, carisma, porte, un verbo encendido, histrionismo, y sobre todas las cosas un gran poder, el poder de convencimiento, además, su aspecto infundía respeto y su voz sellaba cada engaño.
Al llegar la crisis de la década del 90 se refugió en la fe religiosa. Conocía bien todos los rituales y conceptos éticos de las religiones paganas africanas que se habían enraizado en Cuba, era hábil e ingenioso, sabía hurgar en la mente de los hombres a través de los ojos. En el medio en que se había establecido había abundante dinero y buena clientela, por eso no lo había pensado dos veces y se había hecho Babalao. Su fama y popularidad se extendieron por toda la ciudad, su fortuna aumentaba por día. JJ se cambió el alias, ahora se hacía nombrar "Padrino".

Encuentro de María con su hija                          
Sábado por la tarde


María se encontraba a pocos pasos de la entrada del apartamento de su hija Erminia, deseosa de abrazarla y besar a sus nietas, no había tenido tiempo de avisarle de su llegada.
Dentro del apartamento, se desataba una batalla campal entre Erminia y su hermano Roberto, el hijo menor de María, que había regresado a vivir a la casa después de un prolongado matrimonio. Llevaba apenas unos días de convivencia con su hermana, que no se resignaba a tenerlo a su lado sin trabajar, viviendo de sus ingresos. Entretanto él estaba convencido que el dinero que se dilapidaba en la casa no era otro que el que mandaba su madre desde Estados Unidos, se sentía con el mismo derecho a disfrutarlo y aunque Erminia lo negaba, él estaba seguro de su sospecha; poco tiempo después de la partida de su madre, su cuñado, que no trabajaba, había empezado a tener dinero en los bolsillos y a vestir ropas buenas y caras.
Los hermanos no dejaban de pelear, el televisor a todo volumen funcionaba como una barrera protectora que aislaba a las hijas de Erminia de la trifulca. Los golpes en la puerta y el insistente dedo en el timbre eran estériles. María desesperada, no alcanzaba a escuchar lo que sucedía dentro. Todos se desentendían de la puerta, hasta que la hija menor apartó la vista de la pantalla y fue a abrirla.
–Abuelita, mi abuelita, qué rico, llegó mi abuelita –gritó la niña histérica de alegría.
Junto a la puerta se armó un nudo de personas que se abrazaban y lloraban. Las niñas daban brincos para besar a la recién llegada reclamando su cuota de cariño, pero solo alcanzaban a abrazar la saya de su abuela. El momento fue sincero y tierno hasta que Erminia notó las manos de María vacías. Se apartó del grupo. ¿A qué vino esta sino trajo nada?, pensó. No, estoy segura de que ella no vino sin maletas, continuó. Yo no quiero ni imaginarme que la pacotilla se haya quedado en casa de Lino, y que la hija de puta de Inés haya tenido la primicia de escoger.
–¡Eh! ¿Y a ti que te pasa que has puesto esa cara? –dijo la madre al verla separada y con los labios apretados.
–¡Mami, yo no puedo creer que tú hayas venido con las manos vacías!
–No, hija, lo que pasó fue que pasamos primero por la casa de Inés, allí están las maletas con las cosas que les traje –respondió la madre.
–¡Ahora sí!, la bruja aquella debe estar desplumando al guanajo del padre.
El nudo se deshizo, solo las niñas quedaron pegadas a la saya de María.
–¿No habíamos quedado que cuando vinieras de visita te esperaríamos en el aeropuerto?
–Sí, hija, pero todo nos salió mal, además, Lino no me dejó avisar a nadie y no quise desobedecerlo para evitar más casualidades –respondió María cerrando la puerta para poner al tanto a sus hijos de lo sucedido.
Erminia se encontraba contrariada, el brillo de sus ojos había desaparecido, la noticia de que la herencia estaba en manos de Inés afectaba mucho sus planes. La madre siguió contando detalle por detalle lo sucedido desde su salida de los EE. UU., pero su hija la interrumpió:
–¡A esa hija de puta! ¡Yo la mato si toca algo de lo mío!
–¡Di tú!, y eso que decían que era monga –dijo Roberto riéndose.
–Lino y yo no nos explicamos como se enteró que existía esa herencia. Aparte de nosotros dos, los únicos que sabían de ella eran ustedes. Sospecho que fueron indiscretos –recriminó María, temiendo que su marido descubriera su imprudencia.
–Por mi parte, yo había olvidado el asunto, es más que ni por enterado me di cuando me lo dijiste –dijo Roberto molesto–, pregúntale a tu hijita, que ha estado contando con ese dinero, al igual que el vividor de su marido –aseguró.
–¿Ernesto? ¿Qué sabe Ernesto de esto?, yo les advertí a los dos que nadie podía saber de la herencia. Erminia, ¡explícame qué carajo sabe Ernesto! –gritó María rompiendo a llorar.
Erminia hundió el mentón, cada vez que hacía ese gesto parecía una tortuga. Era una mujer poco agraciada, de cara grotesca; si se separaba el cráneo del cuerpo se podía vender en un mercado como de puerco sin que nadie sospechara que era una cabeza inteligente.
Ernesto, su concubino, era un negro alto, de cabeza brillante, muy jovial y jaranero, que vivía a expensas de su mujer. En un momento de ruptura del concubinato, él había utilizado esa información para chantajear a Erminia, que le prometió una parte de la herencia si volvía con él. Fue en los mismos días en que ella había perdido su trabajo, coincidiendo, además, con la llegada de la mayor parte de la remesa del Santo. No había que explicar mucho para entender el porqué se había perdido de la casa de Padrino y adónde había ido a parar dicha remesa.
María lloró de angustia e impotencia, sospechaba el paradero del dinero, pero insistía en preguntar una y otra vez. Y como sabía que Lino estaba por llegar la angustia iba en aumento. Roberto trató de consolar a su madre, mientras clavaba su mirada en Erminia.
De pronto se sintió el rechinar de una llave en la puerta, María se recompuso lo más rápido que pudo. Que dios me proteja, murmuró. La puerta mostró una hendija por donde entró una cabeza negra y rapada. 
–¡Llegaron los reyes magos! –dijo al ver a María, haciendo infinidades de muecas que descubrían una alegría alcohólica.
Nadie rió el chiste inoportuno. Ernesto que se percató de que algo estaba sucediendo entró y cerró la puerta.
–Disculpen, se me fue –dijo sin atreverse a besar a María que lo miró con odio.
María, tenía los ojos húmedos y se sentía impotente ante Ernesto, sentía que era el principal destino del dinero desviado, pero no había tiempo para reclamar, ni era el momento adecuado. No existían secretos entre ellos, por lo que no demoró mucho en preguntarle:
–Dime, Ernesto, aparte de ti, ¿Quién más se enteró de la herencia?
Ernesto trató de hacerse el desentendido, pero María le contó la situación tal y como estaba, él comprendió que no era momento de hacerse el ingenuo:
–Mamá suegra, yo he sido una  tumba...
Si María se hubiera imaginado que el cobro de la herencia se iba a complicar tanto, no le hubiera contado el secreto a sus hijos y no estaría pasando por la crisis de duda que la invadía, pero de una cosa estaba convencida, su indiscreción, había dejado el secreto al descubierto, que no era tan secreto como lo suponía su marido. No tuvieron otra alternativa que ponerse de acuerdo para engañar a Lino. Ernesto enterado de todos los por menores de la herencia, dijo:
–¡Qué mujercita es esa Inés! Le dio la mala hasta a su papá, se lo quiere comer todo ella solita y si no la paramos va a joder a una pila de gente –dijo cuánta estupidez le caía en la boca–. Bueno, mamá suegra ¿Y si por alguna casualidad, a Inés la atropella un carro y hay que enterrarla, papá suegro cobraría todo su dinero? ¿Verdad?
A María le asustó el comentario de Ernesto, aunque lo veía como una posible y agradable solución, pensó en la predicción de Padrino que había visto sangre, si esa era la desdicha, no era de relevante importancia para ellos. Lo que le preocupaba era que si le ocurría algo a la hija de su marido, sus hijos pudieran verse involucrados, por algún motivo fortuito. Por su parte, Erminia ya había elaborado una la explicación para justificar el paradero del dinero de su santo.
María advirtió a su yerno:
–Fíjate, Ernesto, esta es la primera y última vez que te permito este tipo de comentario, recuerda que Inés es la hija de mi marido, a pesar de los pesares, no le deseo nada malo, no quiero que él sufra.
–¡Ay, mami!, si a ella le pasa algo, le haría un favor a Lino, yo creo que él hasta se alegraría, Lino nunca ha querido a nadie y eso tú lo sabes de sobra –dijo Erminia molesta al ver que regañaban a Ernesto.
María miró a su hija, el tema de conversación le estaba preocupando. Erminia intentó seguir con la comidilla de Inés, la muerte, por su culpa estaba viviendo apretada en ese pequeño apartamento con barbacoa, y había perdido la posibilidad de vivir tranquila en el barrio de Playa. La madre interrumpió las palabras de su hija:
–Erminia, no sigas hablando de los demás y acaba de decirme donde está el dinero, Lino está por entrar por esa puerta, y necesito una respuesta convincente para él, además, hay que llevarle razón de ti a Padrino, aunque yo puedo imaginar exactamente dónde y con quién gastaste ese dinero, por que estoy convencida de que ya no existe.
Ernesto que se sintió aludido quiso desaparecer. Erminia, en cambio, tenía concebida una respuesta, solamente le preocupaba que su hermano la desmintiera, pero no tenía alternativa, sabía que su principal problema no era su madre, sino Lino, por eso no tuvo el menor reparo en decir:
–Discúlpenme los dos, pero cometí un gravísimo error, yo no espero, ni necesito el perdón de Lino; sin embargo, de ti madre querida, necesito comprensión. Cuando nos abandonaste, sentí necesidad de tu apoyo incondicional, el que me habías brindado toda la vida, el que me brindaste cuando era niña, cuando me hice mujer, cuando fui madre, cuando fui madre abandonada. Te convertiste en mi sostén espiritual, y en ocasiones en sostén material, para mí y mis hijas, tus nietas, pero tu partida dejó un inmenso vació en mí, me sentí desprotegida, sola con mis dos niñas, siempre con el temor que se aprovecharan de nosotras y de que yo no fuera capaz de defenderme, y de defender a mis hijas, porque me había acostumbrado a tu apoyo –de pronto Erminia rompió a llorar. Eran tan reales las lágrimas que ni el hermano se atrevió a desacreditarlas; el propio Ernesto se sintió confundido con el llanto desesperado y agónico de su mujer.
María  se angustió y comenzó a llorar también; aquellas palabras la habían conmovido. Lloró por verla llorar, y lloró por sentirse culpable. Se creyó la peor madre del mundo, la que había abandonado a sus hijos y nietos por ir detrás de un hombre. Se sentía inmunda por haber dejado que Lino sembrara la duda sobre su indefensa hija. Un sentimiento de fiereza soliviantó sus instintos y decidió defender a su hija de Lino y de Padrino, por eso contuvo su llanto y levantó el mentón de su hija:
–Sí, mi hijita, te ofrezco más de lo que tú me pides, te comprendo como madre, pero además, te doy mi total apoyo, y soy yo quien te pide disculpas por haberte abandonado por mi egoísmo, pero necesito que me des más elementos, necesito armarme para defenderte ante Lino y Padrino.
Al escuchar a su madre, Erminia comprendió que tenía la batalla ganada, que nada podría hacer Lino ni Padrino en su contra. Ernesto sintió admiración por la capacidad de mentir de su mujer. Roberto había subido a la barbacoa y entretenía a las niñas para mantenerlas alejadas de la conversación de los mayores, no tenía la menor intención de desmentir a su hermana, no cumpliría ningún objetivo, de lo que se trataba ahora era de unirse y de convencer a Lino de la veracidad de la historia que Erminia contaría:
–Mira, mami, tú sabes que antes de ustedes irse, se había fijado una tarifa para mi santo, pues resulta, que Padrino subió dicha tarifa en varias ocasiones. Siempre aparecía un motivo para subirla más y más por lo que me vi obligada a tomar el dinero e ir a otro Babalao, que me había recomendado el novio de Esthersita, la hija de la presidenta del CDR (Comité de Defensa de la Revolución), y resultó que el tipo era un estafador, me robó todo el dinero, junto con el de Esthersita… más nunca lo hemos visto.
María enrojeció de indignación al conocer la estafa de la que había sido objeto su hija:
–¡Llévame a donde está esa Esthersita!, voy averiguar que cuento fue ese que te metió.
Ernesto abrió los ojos asombrado. Estaba desconcertado, no sabía hasta que punto era cierto lo que contaba su concubina. Sabía lo que él gastaba, pero no lo que recibía su mujer, pensó que la tenía que tener más en cuenta, que la había subestimado demasiado, ella demostraba, habilidades que desconocía, y no podía dejarse sorprender, pero de una cosa estaba seguro, que el cuento no saldría de la casa, Esthersita no le contaría nada a su suegra.
Por su parte Erminia, fingió estar triste y abatida:
–Eso no va a ser posible, porque para más desgracia, Esthersita falleció con su novio en un accidente de tránsito, hace varios meses, cuando venían en la moto de la playa –afirmó.


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